10 nov 2016

Hacer todos los días de la vida algo diferente.
A veces esto no ocurre de manera consciente, simplemente viajamos, amamos, nos sorprendemos, pensamos que todo fluye como debe fluir, sin mayor homogeneidad ni diferencia, y así es. Mas, después de un par de años te encontrás fumando en la sala de tu casa y de repente se te viene a la cabeza que en cada nuevo país botabas la simcard y comprabas otra, así como que constatabas desengañado que el precio de la gasolina se mostraba en pesos argentinos y no en soles, recordás despertar cualquier día en Quito en un hotel atendido por el mismo muchacho que te haría los huevos revueltos y que no pudiste comer porque estaban crudos. (Los hoteles son un lujo macabro, nada más impersonal, no hay comodidad más incómoda que la de un hotel, es confesarle al mundo que no conocés a nadie en una ciudad dada, que tenés plata pero ningún amigo y que venís a pagar por cuatro noches lo que a un talentoso hipster documentalista de la capital ecuatoriana le cuesta vivir cómodamente un mes. Si después de una noche no lográbamos conseguir hospedaje gratis, la regla era irnos. Siempre lo conseguíamos. Hay gente allá afuera, acá adentro, que no te conoce, que no sabe qué putas es couchsurfing pero en cambio cultivan la hospitalidad como una gigantesca col de monte en la sala que se sale por las ventanas de lo grande que está). Recordás la atmósfera de ese día, el parqueadero donde estaba el vagabús, los grafitis, el aire extraño, era festivo, pasaban ciclistas, había una farmacia en la que vendían una guía de la ciudad que no valía la pena comprar (las guias! ni que hablar de las guías!) era cerca de la plaza de toros, siempre las malditas plazas de toros.
Entonces, recordando todo esto ves que botar la simcard no era un acto tan trivial, no todos los días se paga la gasolina en pesos argentinos, como esos personajes de película en plano americano que fuman cigarrillos sin diferenciar el uno del otro, pues no. Cada cigarrillo resulta ser diferente de acuerdo a la velocidad de su caída sobre el asfalto de la entrada de la gasolinera, de acuerdo a la trayectoria de las moscas del desierto, de acuerdo a los ríos complejos, a los alambrados e inútiles campos de exterminio del micelio a cargo de las palmas africanas. Cada cosa vana nos ayuda a diferenciar los días aun cuando por ahora tanta gente se obstine en hacer de los días una rutina en la que la diferencia se hunde hasta desaparecer en la inercia sin forma de lo predecible y de lo mecánico. Pero la vida humana no es un río al que le dinamitan los cauces para hacer una represa, y los ríos no son ríos sino dioses de la vida que ahora dinamitan tu cabeza carcelaria de ciudad obnubilada, tu cabeza de crío corriendo por pasillos sudamericanos. La diferencia disuelve la rutina en una nueva luz y aunque me preparo el café siempre de la misma manera, el chocolate presenta más variaciones por su espumita caleidoscópica de colores y por el movimiento descontrolado del molinillo que lo hace espumar.

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