H. (1)

Esta historia hubiera podido clasificarse fácilmente, hace tan solo unos años, como ciencia ficción, pero adelantándose las condiciones tecnológicas necesarias para que experimentos sociales como el que voy a narrarles a continuación se lleven a cabo satisfactoriamente ya no es posible, como uno desearía, hablar de estas cosas como una posibilidad entre muchas, incluso una entre las más improbables, sojuzgando con ligereza sus implicaciones más profundas, (de ahí que algunos maestros del género hayan manifestado con tanto ahínco la importancia de leer entre líneas esas sagas rectilíneas, de heroísmos obtusos o conflictos patriarcales interplanetarios, de cuerpos tatuados con archivos“.gif” que cuentan historias nitrogenadas por campos energéticos extraídos del mismísimo vacío, y sobrepasar el infantilismo en el que muchos cayeron intentando acometer la crítica tecnológica decisiva desde sus buhardillas steampunk), y en lugar de todo esto debemos reconocer que no hemos inventado absolutamente nada de lo que voy a narrarles, y que eso mismo pueden comprobarlo ustedes en el tono documental, casi archivístico que tiene toda la historia, y la precisión de los datos que ustedes mismos pueden comprobar si se toman la molestia de dirigirse a nuestro centro comunitario y observar los listados de asistencia, los registros holográficos, los informes, pero más que eso –para que no se crea que soy un cerdo institucionalizado-, si recogen, como mi amigo H. y yo hemos recogido, los testimonios que rodean toda esta situación, las voces del portero, de la señora del servicio, de los profesores, talleristas, técnicos, administrativos y líderes comunitarios, y en particular si se presta atención a la afectación melancólica del mismo H., antes reconocido en la comunidad por ser un dechado de chistes que cada vez que atravesaba un pasillo parecía bailando salsa o chachachá y quien ahora los atraviesa en su depresión como bailando un bolero lento y melancólico, situación de la que sus más cercanos amigos no hemos podido sacarle (ni aún consiguiéndole entradas para ir a ver al clón de Hector Lavoe), así que si comprueban la veracidad del asunto podrán constatar que esta historia, más que ciencia ficción, es cruda realidad.

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