Surgimiento de la Nea, declive del parcero.


“Prefiero ser un cerdo que un fascista”
Porco Rosso


Para el medellinense de a carro cada vez se hace más evidente que la ciudad se está colmando de personajes peligrosos, a menudo desagradables, armados, estéticamente desentonados, bajo el efecto de sustancias, desocupados, algunos angurrientos y desharrapados, otros visajosos y estallados, cuya mera presencia es buena señal para cerrar la ventanilla, personajes que vienen de barrios en los que la exquisita minoría jamás se aventuraría y a quienes resumen, casi en una exhalación, cargada de odio y menosprecio, con una palabra forjada en esos mismos barrios por los que no pasan ni de largo, barrios  en las alturas donde escasea el oxígeno pero sobra el plomo,  como “las neas”. 
La intolerancia surge de la incomprensión, tememos a lo que desconocemos y sabemos que nuestros más elevados lectores no disponen de las herramientas adecuadas para hacerse a una idea de las complejas relaciones del mundo de “las neas”, sus estructuras elementales de parentesco, sus caprichosas jerarquías sociales e ingeniosas estrategias de supervivencia al margen del sistema, un desconocimiento que no podemos reprocharles a ustedes dado el riesgo y el alto nivel técnico y filosófico que demanda la investigación de estos fenómenos, y que esperamos subsanar un poco con las dilucidaciones taxonómicas que proponemos en este volumen. 
Lo cierto es que “las neas” podrían considerarse un vasto género repleto de las más variopintas especies, muchas de las cuales permanecen aún hoy en la oscuridad para la ciencia… una pena, con todo lo que hay que aprender de ellos si queremos tener más chances de sobrevivir el día en que la epidemia zombie llegue a Medellín por medio de un turista norteamericano infectado durante la inhalación de una última línea de coca sobre la tumba de un renombrado capo de la mafia local, en un episodio violento con unas putas en una discoteca de la autopista regional, y los argumentos de nuestros plutócratas más ilustres, esos que son tan vilmente atacados por la izquierda fanzinera y autogestiva, cobren más sentido que nunca: debimos haber acabado con ellos antes de que se contagiaran.
Contrario a lo que se cree, el vocablo Nea no deriva de la palabra gononea, un eufemismo suavizado para referirse a una enfermedad venérea frecuente en esta población, sino que proviene del francés “néant”, un concepto de ausencia y nulidad absoluta, el cuál a su vez deriva de una palabra chino-oriental, 涅槃, nehan, o Nirvana, que significa, como se sabe, tanto la extinción de los deseos materiales como una banda de grunch de finales de los ochenta. Hay que tener en cuenta que la Nea está superándose constantemente a sí misma, y en ese sentido lo que encontramos hoy en el trabajo de campo en los bajos de los puentes es más una suerte de protonea, o para mejor decir, neonea, una nea en caliente.
Por ese espacio vacío social que la nea colma con su humanidad descarriada es que sabemos, para desgracia de los chetos, que la nea no puede ser creada ni destruída. Basta con echar un vistazo a la historia universal para identificar neas que han llegado a tener un papel relevante en el curso del devenir humano, como por ejemplo Benjamin Franklin, Hamilton, Thomas Jefferson o incluso George Washington (basta pronunciar sus nombres para saber que los padres fundadores de los Estados Unidos eran todos neas), por no hablar de un Euclides o un Alexander, buscando referentes aún más remotos en el tiempo.
Utilizar hoy en día palabras de los ochenta que se han ido a la mierda, supuestamente del argot callejero, es cómo presumir de un lollipop caminando por un centro comercial: la banalización comercial del término “parcero” por cuenta de los cantantes de tropipop, y sobre todo palabras obscenas como “cuca” “megambrea” “pecueca” “calidoso” o “gallada”,  o decirle “pisos” a los zapatos,  o “la de sal” al almuerzo, nos llevan a pensar que entre las ruinas de estos términos obtusos, el concepto de la Nea se mantiene en pie, como un punto medio, un salvavidas en medio de la cambiante marea de identidades y fantasmagorías de la sociedad actual de anteayer.
Es por eso que recomendamos  reticentemente evitar usar el término “parcero”: “parcero” es un gomelo tomando shots en el parque de la 93.

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