La carencia como libertad, la libertad como carencia, la constricción oulipiana llevada al plano social: se genera un nuevo tipo de discapacidad: la económica, marginando todo agente que no soporte las exigencias liberalistas. A su vez los marginados son quienes guardan el germen de las revoluciones, pero al excluir del uno y crear un espacio para diferenciarnos generamos un espacio vacío en el que la mente se explaya en imágenes cuidadosamente dirigidas por el clasismo y el miedo. A veces esas imágenes logran salir adelante sin las constricciones de la época, y fuerzas creativas circundantes a ella impulsan desde la inercia de sus paradas de autobuses la emergencia de su poder conciliador. Y justo cuando pensábamos que volveríamos a la unidad comprobamos que se abren otras otredades, otras brechas, como líquidos estelares, goteando de nuevo hacia el espacio vacío, diferenciando. Quizá debamos eclipsarnos en la desintegración, o quizá debamos invertir los repulsivos vectores centrífugos, la tendencia es hacia el individualismo atómico, el universo se expande y nosotros creemos que ya nos nos une nada, no debimos saber estos secretos. Aunque estén operando todo el tiempo, ni el dinero, ni la imagen ni mucho la exigencia de mi presencia mental en una red de banalidades sociales van a hacerme abandonar la idea de la existencia de esa otra fuerza cohesiva, aún considerándome un profundo solitario, la hilatura coral de voces distintas al interior de mi mente me hacen pensar que posiblemente acá afuera también exista esa telaraña que imbrinca nuestros caminos entre escalas y cafés y puentes y bicicletas, entre cruces y esquinas y parques y mangas, entre rojos olvidos sobre el cemento de un parche lleno de imberbes bareteros. Ahí está, eso es lo que quería decir.

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